the tampon chronicles

mujeres terrajas, que por ser brasileras no lo son

sábado 2 de enero de 2010

Incomprensión

Llegamos al fin de dos mil nueve y sigo sin entender muchas cosas. Son chotadas que me dejan perplejo, pero que tal vez encierren algún misterio detrás. No es que crea que llegue a su comprensión en algún momento de las treinta y tantas horas que nos separan del año que vendrá. Es incluso probable que jamás en la vida llegue a descifrar esos misterios que me punzan en algún lugar del cerebro.

No entiendo cómo hay gente que aún conserva y usa principalmente las casillas de correo electrónico de Adinet. Dentro de un año, creo que desclasificaré a Hotmail también.

No entiendo cómo hay gente que aún borda las iniciales del matrimonio en las sábanas y las toallas.

No entiendo a los que inventan dramas para darle un sentido (o un enfoque atractivo) a sus vidas.

No entiendo por qué los guardas de ómnibus maltratan a la gente, cuando está tan harta o cansada como ellos. Tampoco entiendo la utilidad de la tarjeta de transporte metropolitano y el sentido de tener un guarda que apriete un botoncito nada más.

No entiendo por qué Montevideo está tapizada de colillas de cigarrillos. ¿Tanto cuesta caminar un poco, apagar el pucho en la suela y tirar la colilla al encendedor? Tampoco llego a entender por qué sus calles tienen chicles pegados al asfalto (que permanecerán por los siglos de los siglos adheridos).

No entiendo cómo hay gente que enrosca tres tornillos dos veces por año en Un Techo para mi País (o estampa pegotines en el auto, o compra bonos, o llama a 0900s) y después se queja del supuesto asistencialismo del gobierno. Ni hablemos de la Teletón, porque daría para varias notas más.

No entiendo a la gente que se anota en facebook a grupos que sostienen causas que en carne y hueso no apoyarían. Exorcismos de alma con apenas un clic, porque en la vida real no se moverían un sorete para exigir la vacuna contra el cáncer de cuello de útero o por la eliminación del hambre en el mundo.

No entiendo cómo no se llegó a aprobar la anulación de la Ley de Caducidad (llegando a extremos como el de Lavalleja, donde la papeleta rosada no llegó al 29% de las adhesiones del electorado). No quiero pensar mucho en esto, porque realmente me duele que hayan faltado chirolas para aprobarla.

No entiendo cómo hay quien afirma de la boca para afuera que la homosexualidad es una aberración e incluso está dispuesto a señalarla, condenarla, y hasta a tomar decisiones que la castiguen, pero luego, sin que nadie lo sepa, se vuelve tanto o más puto en la oscuridad de un auto o confesionario. Tampoco entiendo cómo hay gente que cree que la homosexualidad es una tendencia cool, como si el último grito de la moda fuera el que busca denigrarte acusándote de “tragasables” en el medio de la calle.

No entiendo por qué la gente piensa que si es de izquierda, es “abierta” de mente y que si es de derecha, lo contrario. En todos lados se cuecen habas.

No entiendo a la gente que se entiende exenta de lo que denomina “mediocridad uruguaya, por el solo hecho de tener un pasaporte europeo o un apellido compuesto o de notoriedad.

Son estas, junto con muchas otras más que no he evocado en el rato que me dispuse a enumerarlas frente al monitor. Creo que sería interesante deshacerme en algún momento de mi vida de estas interrogantes sin salidas, sin resolución aparente. Igual, difícil que el chancho chifle. Son asuntos que no se pueden laudar de ninguna manera: enormes sumas de misterio que tienen un asiento en alguna cartera de deudas incobrables.

cómo leer galería en ocho pasos, sin morir en el intento

Galería ha sido acusada de ser una publicación frívola, banal y fútil. No niego esta afirmación, sino que más bien la apoyo. No negaré estas características, intrínsecas a su naturaleza, claramente visibles en todo ejemplar que acompañe a Búsqueda cada jueves en los kioscos de nuestra ciudad.

Sin embargo, también sostengo que Galería puede llegar a ser una publicación sumamente disfrutable. Todo aquel que tiene acceso a Búsqueda, indefectiblemente termina posando sus garras en Galería, con más ímpetu incluso que el que suscita semanario de las notas con fotos dibujadas (un espanto), escondiendo este vicio generado por su suplemento de papel satinado e imágenes a color.

Galería es como el pez globo. Puede ser un elemento sumamente tóxico, o bien puede llegar a ser un manjar. La clave está en cómo se prepara, por lo cual, daré mi técnica infalible de ocho pasos para transformar a Galería en una publicación que proporcione un momento efímero de jolgorio y diversión.

1) Separar Galería del conservador semanario.

2) Abrirla y leer las columnas "de más" y "de menos". No voy a profundizar demasiado sobre este punto, porque se explica solito.

3) Saltar a la entrevista de la última página. Mirar de quién se trata y evaluar si vale la pena seguir leyéndola (desde 2003 -por lo menos- que entrevistan a cualquier pelotudo).

4) Ir al Horóscopo. Leer el de uno. Leer el de todos las personas en las que se haya pensado en los últimos días.

5) Cerrarla, escrutar la tapa. Detectar si hay alguna nota que pueda resultar interesante. Si la hay, seguir con el próximo paso. Si no, pasar al paso nº7.

6) Ir al índice a ubicar la(s) nota(s) que vale(n) la pena. Si corresponde, empezar a leerla(s) y ver de qué va la mano. Continuar o dejar de leer, según logre(n) o no atrapar la atención.

7) Mirar las fotografías de Leo Barizzoni (quizás, lo que vale más la pena de la revista).

8) Cerrar la revista, tirarla sobre una mesa y evaluar los pasos anteriores, que no ocuparon más de 15 minutos de la vida de uno (siendo generosos).

En caso de quedar con gusto a poco y querer más diversión, abrir el semanario y leer el correo del lector. Casi lo mismo que galería, pero más masculino.

mensaje de fin de año

Estimados todos,

Cada año me planteo el desafío de escribir un mensaje de fin de año con algún mensaje que no caiga en lo esperable, en lo que todos nosotros podemos recibir en una tarjeta forra y poner debajo del arbolito. No lo he logrado jamás. La explicación de mi fracaso la encontré casualmente leyendo a Mafalda por enésima vez hace un par de días: no hay demasiadas cosas nuevas que se puedan decir cada año (ver imagen adjunta). Por ese motivo, me limitaré a decir lo mismo que de costumbre: están prevenidos todos los que ya hayan leído mi mensaje de fin de año anteriormente.

Sé que a muchos de ustedes les paspan estas épocas y especialmente los deseos de felices fiestas que por usanza todos dicen (decimos) sin creerlo demasiado. De todos modos, si bien la vida sigue más o menos de la misma manera independientemente del número que escribamos por último en la fecha, el capricho del calendario hace que estructuremos nuestras vidas de acuerdo a los ciclos que nos pauta. En todo caso, el fin de un año y el comienzo del otro, lejos de ser un momento crítico, resulta una oportunidad interesante para proponerse continuar lo bueno, cortar por lo sano lo malo y planear otro tanto de cosas desde cero.

Para algunos será un año excelente (esperemos que para todos), para otros será un año ni-fu-ni-fa, mientras que finalmente habrá quien lo considere un año de mierda. Sin embargo, el año que vendrá, será de todos. De aquel que lo disfrutará como nunca, del que lo verá pasar sin hacerse demasiadas preguntas, y del que deseará que pase de una vez por todas. Puede ser que dentro del mismo año se vivan todas estas sensaciones. No sé, en 365 días pueden pasar demasiadas cosas. O no, vaya uno a saber.

Pero si saco algo en limpio es que no habrá un único 2010, sino que habrá tantos años como personas que lo vivirán. Igual, cada uno de esos años tiene algo en común con el otro: parte de la responsabilidad de su (in)suceso está en nuestras manos. Yo creo que hay un toco de cosas que nosotros no podemos manejar y están fuera de nuestro alcance, pero siempre hay un margen de maniobra, por pequeño que sea, para hacer que nuestro paso por el calendario sea lo más productivo y ameno posible. Está en nosotros manejarlo de la mejor manera.

Decía antes que el año es de todos, y por eso mando este mensaje indiscriminadamente, usando la misma metáfora vectorial de todos los años, que ya me está quedando obsoleta: mis augurios del mejor año posible van para todos por igual, con la misma dirección, el mismo módulo y el mismo sentido, sin distinción alguna entre quien conozco poco, mucho o nada.

El año que vendrá será fantástico. Yo al menos me quiero convencer de eso.

Un abrazo a todos,
J.

sobre mujeres desesperadas, perfumes berretas y otras yerbas

Viendo el último aviso de Axe, realmente me indigno. Vemos una isla en algún mar recóndito de la tierra, con un único hombre. Ese individuo de par sexual XY, al rociar sobre su piel un poco de desodorante Axe ve como hordas de mujeres desesperadas corren hacia él, presumiblemente buscando algún minuto de placer carnal. ( http://www.youtube.com/watch?v=I9tWZB7OUSU )

Yo no soy mujer, pero cuando veo el aviso, me siento ofendido, de veras. Nuestra cultura pitocéntrica (permítaseme la expresión que acuño ahora), sin embargo, lo admite. La pauta publicitaria parece tener éxito, puesto que al igual que todas las campañas del desodorante desde que tengo memoria, sigue la lógica "Me echo Axe en los sobacos, luego la pongo, luego existo". Para peor, el éxito es cada vez mayor, y propone a las mujeres, el 50% de la población en teórica igualdad de derechos y trato, como un cuerpo. O ni siquiera eso: como un objeto.

A mí el olor a Axe me recuerda al vestuario del club (en aquellas épocas era Lynx), donde al menos una decena de varones entrando en la etapa de erecciones incontrolables hablaban de putas, pajas y elementos afines, mientras tapaban su olor a sudor y hormonas desbordantes con esas fragancias berretas. Oliendo un Axe, cualquiera sea su fragancia, mi olfato me remite a esta situación incómoda y desagradable, asquerosamente homoerótica si se quiere, donde esos perfumes de mala calidad intentaban tapar, de alguna manera, un mal olor que siempre se lograba distinguir.

Más allá que tirarse desodorante Axe sin haberse bañado es una estrategia común entre los hombres, dudo que logre atraer a alguna mujer. Por eso el aviso me ha generado varios pensamientos:

1. Si en el mundo o en una fracción aislada del mismo hubiera apenas un hombre rodeado por mujeres, la resolución del conflicto es obvia: las mayoría de las minas se harían abstinentes o lesbianas, pero jamás se le tirarían todas encima. Con tipos así, yo me haría torta, for sure.

2. ¿Te crees que por tirarte Axe se te van a tirar veinte minas encima? No, tesoro: arrancá pa' las ocho horas. Oler a desodorante Axe no te va a dar acceso ilimitado a cuanta pepa se te acerque.

3. Son mujeres. Una vez al mes les va a bajar la regla y van a tener la cachucha embarrada. El desequilibrio hormonal no las va a volver tan propensas a querer abalanzarse sobre un hombre, es más, me aventuraría a decir que es lo último que querrían hacer. Dudo que Andrés aproveche y las visite a todas los mismos días, así que siempre habrá alguna que transite esos días tan delicados en los que, a decir del gran cantautor centroamericano que cultiva infinito amor y admiración entre mujeres de todas las edades, "la cigüeña se suicida". Un hombre debería saber, además, que cuando una mujer está en esos días, el resto de sus congéneres genera profunda empatía.

AXE, no te banco. Sabelo.

cuando era gurí

Cuando era gurí, agarraba el globo terráqueo y lo ponía a girar y a girar. En simultáneo, me preguntaba por dentro "¿En qué país vas a vivir cuando seas grande?". La respuesta la daría mi dedo índice, que señalaría mi futura morada. Si tocaba un país africano, en general tiraba de nuevo.

Cuando era gurí, odiaba las clases de gimnasia. Cada vez que me hacían dar una vuelta a la pista de atletismo, me planteaba que si no llegaba a tiempo, Uruguay desaparecería del mapa. Nunca cumplí mi objetivo, y acá estamos, sobre suelo oriental.

Cuando era gurí, el mayor trauma era el momento de selección de los cuadros de fútbol. Así permanecía yo hasta el final, cuando era designado por descarte a uno de los grupos (en general, el peor), cuyo capitán se lamentaba de la desdichosa presencia de Juani.

Cuando era gurí, en el preescolar, todos me conocían por mi apodo familiar: Juanacho. En la escuela me quise hacer el grande y me empezaron a llamar Juan Ignacio. Sólo a mi maestra de primero le permitía llamarme Juanacho.

Cuando era gurí, en el preescolar me decían diccionario. Y a mí me encantaba, porque en esa época tenía el ego por las nubes.

Cuando era gurí, a veces me imaginaba que mi vida era un programa de TV. No en un plan The Truman Show, sino algo mucho más berreta. Hasta me imaginaba las escenas del próximo capítulo y los avances publicitarios.

Cuando era gurí, cuando cantábamos el himno en la escuela, en la introducción me hacía la imagen mental de la Plaza de la Bandera en el billete de diez (mil nuevos) pesos de aquel entonces. A la vez, me imaginaba que el himno lo cantaba el Juan Antonio Lavalleja del billete de cinco (mil nuevos) pesos. Cuando cantábamos God save the Queen, me imaginaba a Isabel II bajando por la escalera de la puerta del colegio.

Cuando era gurí, no me gustaba para nada el Movimiento 26 de Marzo porque me sacaba tiempo de estar con mi padre y mi madre se enojaba y se peleaban salado. Con el tiempo aprendería que mi intuición andaba de pelos.

Cuando era gurí, uno de mis tíos me regaló un poster del Foro Batllista Lista 2000 con una enorme cara de Sanguinetti y otra de Batalla. Cuando llegué a casa lo puse en el cuarto, y enseguida me dio miedo. Me dio tanto miedo, pero tanto miedo, que no lo quería sacar porque me atemorizaba aún más el hecho de que Sanguinetti y Batalla se enojasen conmigo. Finalmente mi madre vino y lo sacó, destinándolo a la basura. Pero estuvo como dos semanas...

Cuando era gurí, hice una suerte de coming out admitiendo que era de izquierda en un ambiente hostil por demás: mi colegio.

Cuando era gurí, la presencia constante de Cristina Morán en la TV nacional me daba mala espina. Nunca me gustó esa vieja, en especial me parecía siniestro el rojo violáceo de su pelo, utilizado años antes de que fuera la tendencia general en tintas de cabello.

Cuando era gurí, los avisos de Conaprole me parecían absurdos. Incluídos el de "Bibibibibiotop", el de "para bailar, Colet, Colet" y el de "Toda la vida".

Cuando era gurí, me aterrorizaban los avisos de los 0900 del Piñeyro del Campo. Con siete dulces añitos, me hacía la imagen de ser posiblemente un viejo abandonado del futuro. El de la Fundación Braile del nene leyendo a Quiroga me hacía cagarme en los lompa directamente.

Cuando era gurí, si alguien decía " tres de la tarde", en mi mente sonaba la cortina musical de El Mundo de Beakman. De todos modos, siempre estaba en el colegio a esa hora.

Cuando era gurí, consumía el merchandising de los Power Rangers y los veía en la TV, pero en realidad no me gustaban nada. El día en el que Tommy (PR verde o blanco, o sea, el más cra') le dio un beso en la boca a Kimberly (PR rosada) me tapé los ojos porque me dio vergüenza ajena. Siempre tuve mucha simpatía por Rita Repulsa, la mala que miraba todo por un telescopio y mandaba bichos espantosos para luchar contra los PR.

Cuando era gurí, escuchaba a Canciones para no dormir la siesta, a Jorge Bonaldi con Adriana Ducret y a Mariana Ingold con Osvaldo Fattoruso para rellenar el espíritu, y a Buenos días Loly para evadir la realidad.

Cuando era gurí, le pregunté a mi madre si cuando era chica veía en blanco y negro.

Cuando era gurí, me encantaba sentarme a ver la estela del humo de los cigarrillos de mi abuela mientras ella escuchaba tangos por Clarín y tejía.

Cuando era gurí amaba ir con mi tía y mis primos bebés en su Citroën Visa a tomar la leche en todos los bares y boliches que Montevideo puede contar.

Cuando era gurí, el tío que me regaló el póster de Sanguinetti Batalla me llevaba a mí y a mi hermano a los boliches más sórdidos del Mercado del Puerto y a los hipódromos y studs más decadentes del área metropolitana. Así llegó a haber diálogos del estilo:

- Tío, ¿qué es un proxeneta?
- Andá y preguntale a tu abuela


o si no

- ¿Tío, por qué le damos la plata a este señor banquero y no jugamos en la ventanilla?
- Vos jugá y no preguntes.


Cuando era gurí, la mayor satisfacción que alguien me podía dar era ir entre semana era ir a tomar un helado a la Heladería Cante-Grill, de 21 de setiembre y Williman.

Cuando era gurí, fui corriendo contentísimo hacia mi madre para abrazarla y decirle que me encantaba su disfraz de ballena (siendo el disfraz de ballena un traje de baño nuevo).

Cuando era gurí, era un pendejo irreverente e insoportable. Pero cómo extraño, la puta madre, la época en la que era gurí.

rosadín, rosado, este cuento se ha acabado

En nuestra cultura, se nos enseña desde pequeños que el rosado "es un color de nena" o, en el peor de los casos, de marica. Si sos varón, desde chico te enseñan que tenés que enfilar para el celestito o el azul, y el lápiz rosado de la caja de colores que uses está destinado a mantenerse entero, con la punta original intacta por los siglos de los siglos. El rosado, debido a esas cuestiones de género que en el fondo no tienen una explicación racional, permanece incomprendido por buena parte de la población, especialmente la masculina, que lo circunscribe a lo femenino, o a lo afeminado, a las gurisas en etapa de obsesión con los cuentos de hadas y princesas. Entre los adultos, no se lo toma en serio al rosado, pobre. Quizás solamente y durante breve tiempo cuando estuvo de moda que los hombres usaran camisas rosadas, siempre cercanas al blanco, pero rosadas al fin.

El rosado, en tanto color incomprendido, sirvió y sirve de símbolo del colectivo gay, que recordando la masacre del nazismo entre sus integrantes en toda Europa, se vale de alguna manera del identificatorio triangular rosado que éstos fueron obligados a llevar, cuyo fin original era la humillación y la vergüenza. Curiosamente se resignificó y se convirtió en símbolo de lucha, orgullo y sufrimiento a través del tiempo de un grupo cuya historia se ve inevitablemente ligada con estos conceptos. Claro está, todo depende del cristal con el que se lo mire, porque de más afuera, este simbolismo no está bien visto del todo. Se habla del poder rosa, del dólar rosa, y de la gran flauta rosa, siempre con una connotación cariñosamente negativa (nótese el adverbio), incluso con un poco de lástima que se confunde con ternura y corrección política, aunque siempre con agudeza.

Pero el meollo de esta nota no es el simbolismo del rosa para el colectivo homosexual o su asociación con lo femenino, no, aunque pueda existir de hecho una relación intuitiva entre estos dos elementos. Escribo porque no logro salir de mi asombro acerca de un extraño fenómeno ocurrido en el correr de los últimos días.

Hasta hace dos semanas, el rosado era un sinónimo de esperanza. El rosado, vaya a saber uno por qué extraño motivo, fue el color que la Corte Electoral designó para la papeleta que se debía incluir en el voto para la anulación de la ley de caducidad. No importaba de qué partido fueras, fueras hombre o mujer, el rosado había adquirido cierta aceptación: Ponele color a tu voto, decía la consigna. Y no sólo al voto: hombres y mujeres, niños y niñas, viejos y viejas, ejercieran el voto o no, llevaban escarapelas rosaditas, así como globos, remeras y objetos del mismo color.

El rosado parecía estar por doquier, al menos en Montevideo. La izquierda lo incorporó oficialmente a su discurso, ensalzándolo y deificándolo, aunque luego las urnas se hayan encargado de demostrar que no lo suficiente. En el lanzamiento de globos, el rosado se sumó a los colores artiguistas de la bandera de Otorgués (que por otro lado, contiene dos colores que lo componen). En los actos de la izquierda, las papeletas rosadas volanteadas por la militancia activa, tapizaban las calles. En las mochilas de los estudiantes, los pins ostentaban orgullosamente un SÍ en fondo rosado, que se repetía y multiplicaba en numerosos afiches, pintadas y gigantografías en toda la ciudad. Luego, el veinte de octubre, en teoría el último veinte sin impunidad, 18 de Julio se volvió rosada, y por más que la convocatoria haya sido extrapartidaria, esto no sucedió en los hechos. Telas y banderas rosadas acompañaban banderas frenteamplistas y Pabellones Nacionales. Cada tanto se escuchaban gritos colectivos que decían "¡Sí, sí, sí! Rosada, ¡sí, sí, sí!", mezclados con auspiciantes mensajes que anunciaban el supuesto punto final de la impunidad en nuestro país. Incluso los sindicatos -tradicionalmente afines a la izquierda- se pintaron de rosado e instaron a sus afiliados a apoyarlo, olvidándose de su tradicional masculinidad, incongruente con el significado que nuestra cultura, como hemos visto, asigna al rosado.

Pero no todo lo que brilla es oro, y la fama puede durar quince minutos, o incluso menos. A la derecha se encontraban el blanco y el rojo, que juntos pueden hacer el rosado. Las urnas hablaron: el tarro de pintura roja se recargó un poco, en el blanco quedó un poco menos, no lo suficiente para alcanzar juntos los niveles de los tarros a la izquierda. El rosado, en el medio, pero más tirando a la izquierda (o no, quién sabe), no llegó a completar la mitad del tarro, pero no le faltó mucho. Quedó desamparado, por más justa que fuera su causa.

De ese momento en adelante, del lado izquierdo se recordó que rojo y blanco hacen rosado. Que probablemente se emularan otras veces en las que se juntaron y lo hicieran esta vez de nuevo. Puede que con menos intensidad que en otras ocasiones, pero uniéndose al fin. Desde ahí, el rosado, utilizado hasta hace poco para justificar la más noble de las causas, pasó a ser "rosadito", con toda la carga pesada que un diminutivo le puede asignar a una palabra, y todo lo relativo al rosado se volvió señal de unión de dos colores rivales, pasible de ser usado como insulto. Claro está que del lado acusado de ser rosado, no se acepta la poco feliz e inoportuna identificación. Tanto el rojo como el blanco dicen seguir de acuerdo a sus identidades cromáticas, demostrando que evidentemente no ignoran la carga difícil de soportar detrás de este color.

Yo quería rendirle homenaje, pero no por la mezcla (que no apruebo, ubicándome en la mayoría a la izquierda) sino para recordar la pesada cruz que está condenado a cargar.

En la vorágine de la campaña electoral, a veces nos olvidamos de lo simbólico, que muchas veces trae consigo ideas, recuerdos y sentidos que son importantes al momento de introducir la hoja de votación en el sobre que arrojaremos en la urna electoral.

Pobrecito, el rosado. Se vio una vez más descastado y pisoteado, negado, quizás olvidado. Rosadín, rosado, este cuento se ha acabado.

memoria, o de un veinticinco que no fue

Todos los que se van, siempre te dejan encima un poco de sí mismos. ¿Es este el secreto de la memoria? Si es así, entonces me siento más segura, porque sé que jamás estaré sola.

La cita que antecede cierra el filme La finestra di fronte (Italia, 2000, Dir: Ferzan Özpetek), que gira en torno a la memoria desde distintas perspectivas. Este parlamento de Giovanna, la protagonista principal, no lo elijo en vano: un poco se condice con la visión que tengo acerca de ese concepto al que hacemos alusión indiscriminadamente pero bien en el fondo el sentido común no sabe definirlo a ciencia cierta.

Sostengo que la memoria es el registro de aquello que hombres y mujeres vamos armando y desarmando a lo largo de nuestras vidas. Es un tesoro inagotable, útil para todos por igual. Por eso una vez que se siembra, se debe regar y cuidar con recelo. Lo que cosechamos de ella, a veces alegra, aunque otras veces duele. Llega a ser motivo de orgullo o incluso hasta de vergüenza. Da a pensar y puede, cuando menos lo esperemos, cambiarnos los lentes con los que vemos el mundo.

Es que la memoria existe, es un hecho. A nivel personal, a nivel familiar, a nivel social. En el plano individual o colectivo. De la memoria, formamos parte las personas, y a esto no le podemos dar demasiada vuelta. Sea a sabiendas o a ciegas, todos la construimos y a la vez tenemos la capacidad de acceder a ella. No todos disponemos, en cambio, de la voluntad para hacerlo.

En todo caso, la memoria siempre es útil y necesaria. Jamás tiene sentido esconderla. No siempre se puede vanagloriar uno de ella, pero sí se ha de tener la inteligencia y el tino tal para analizarla y usarla a favor del futuro, puesto que el porvenir no es una entidad desapegada del presente y del pasado. Si esto es así, es porque los límites temporales son difusos, ajenos a la caprichosa arbitrariedad que abre profundas brechas entre el ayer, el hoy y el mañana. El ayer dio lugar al hoy, que dará lugar al mañana: así lo fue y así lo será siempre. La continuidad, al menos a mí, me resulta una noción más viable acerca de la temporalidad, un capricho infinitas veces más verosímil, lo que hace razonable pensar que un mañana será más fructífero conociendo en profundidad el ayer. En esa continuidad vamos nosotros, que no sobrevivimos ad aeternum. Alguien nos dio origen y tenemos la capacidad de dar origen a alguien. Puede que esta sea la única manera de no sucumbir ante la eternidad que está a nuestro alcance, y entonces la memoria cobrará especial importancia.

Todos dejamos huellas en un camino que vamos abriendo a medida que pasa el tiempo. Nos proyectamos al futuro desde el presente, vamos dibujando letras en un cuaderno virgen, que adquieren un sentido en tanto haya alguien que las lea. Si no, son meros dibujos. Dejan de tener una razón de ser cuando pasan al olvido, cuando no hay nadie que les dé importancia. Somos memoria siempre y cuando haya alguien que nos evoque, alguien que traiga a su presente un poco del pasado que le dio origen. No hablo ahora de la nostalgia intrínseca a la idiosincrasia uruguaya, sino del recuerdo del pasado como herramienta para perfeccionar el presente.

Este veinticinco de octubre quedará marcado por siempre en mi recuerdo, como un día en el que mi pueblo demostró no tener la voluntad de analizar su memoria. No sé si lo culpo. En este momento nada vale llorar sobre leche derramada. Es muy pronto para darse cuenta si fue una cuestión de indiferencia, falta explícita de voluntad, miedo, dolor o apenas negación de lo que ocurrió hace unos pocos años.

Hace treinta años, ciento setenta y dos personas dejaron un poco de sí en el total de la población uruguaya, la de entonces y la de ahora. No sabemos donde están, pero hoy en día tienen un lugar en la memoria de un pueblo. De la misma manera quedarán en nosotros aquellos que la sobrevivieron activa o pasivamente, estén entre nosotros o no. Su recuerdo es tan importante para el mañana como el de aquellos ciento setenta y dos, si bien debemos ser más justos al momento de honrar la pérdida inexplicable de sus vidas, de las que fueron despojadas según una lógica ininteligible para cualquier ser humano en pleno uso de sus cabales. Son testimonio de un pasado del que, al menos yo, no quisiera una repetición. Ni dentro de poco, ni dentro de mucho: nunca jamás.

Al pueblo uruguayo, pareció no interesarle, de todos modos.

Aún bajo la luz de estos hechos, creo firmemente que todas las víctimas del pasado tremebundo que apuñaló a nuestro país, tendrán un lugar siempre entre los que estamos hoy acá, caminando por las mismas calles, mandando a nuestros hijos a las mismas escuelas y mirando el mismo horizonte rioplatense.

Por eso, tal vez, sea importante la memoria. Todos se mantendrán vivos de alguna manera, siempre que haya un pueblo que los recuerde y piense en ellos. Quitar la ley que los condenaba legalmente al desamparo y a la deshonra, parecía ser la mejor manera de homenajearlos. Ahora, no queda otra que recordarlos.

domingo 4 de octubre de 2009

Soy pan, soy paz, soy más


Fuerza, Negra.

Esta canción significó mucho para mí cuando la descubrí. Mi viejo me regaló un cassette que tenía él, del concierto que dio Mercedes Sosa cuando volvió a la Argentina. Por ese entonces, yo justo pasaba por un momento en el que tenía que sacar mucho para afuera.

Ahora, mientras una de las almas más ilustres del Río de la Plata actual se debate entre la vida y la muerte, considero oportuno recordar aquel faro en el medio del desasosiego que fue para mí esta canción.

En ese momento, la Negra estuvo conmigo. Seguramente no haya sido el único en sentir algo así. con su música. En este momento, yo le dedico un pensamiento, como tanta gente más.

Sing your life.